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Télam – Nuestros Poetas

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Osvaldo Picardo

(Mar del Plata, Pcia. de Buenos Aires, 1955) 

Osvaldo Picardo es poeta, ensayista y traductor.  Nació en la bella ciudad de Mar del Plata el 22 de noviembre de 1955, donde actualmente reside y trabaja como docente y editor de la revista literaria “La Pecera”, una muy recomendable publicación donde su pueden encontrar ensayos, traducciones y notas de actualidad. En 1995 Picardo fue becado por el Instituto de Cooperación Iberoamericana de Madrid, España, como investigador de poesía contemporánea. En 2001, por su libro Una complicidad que sobrevive, se adjudicó el Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes. También obtuvo otras distinciones como el Premio Alfonsina Storni, otorgado por la Municipalidad de General Pueyrredón, y el Premio Lobo de Mar de la Fundación Toledo que honró su trayectoria.  Dentro del proyecto “Mapas de la poesía argentina”, publicó en el año 2000 Primer mapa de poesía argentina. Solicitudes y urgencias. El noroeste: La Carpa y Tarja, un minucioso trabajo que analiza y antologa la poesía del NOA en el período comprendido entre los años 1943 y 1957. Junto a Esteban Moore y Fernando Scelzo en 2001 editó una traducción de Los Poemas de Amor del poeta norteamericano James Laughlin, con un estudio previo sobre la obra del autor.

La poesía de Picardo se interna en la realidad con la antorcha del asombro bien en alto para alumbrar rincones insospechados; se detiene en detalles que le sirven para desarrollar intrépidas reflexiones sobre el “ser” y el “estar” en este mundo nuestro. Las cosas se apilan en un rincón de la memoria y la poesía arma en un cúmulo de líneas un rostro posible, una figura a contraluz que distraiga un rato de sus labores al caos incesante.

“Como alguien dijo -alguien seguramente conocido y ya muerto-, “todo está dicho y llegamos demasiado tarde”. De ahí que hablemos por boca de otros y sobrescribamos un poema infinito que nadie alcanzará a leer sino de a pedazos”, así definió una vez Picardo el oficio poético.

↓ Sus poemas…

Ruth Fernández

(Córdoba, 1919/Buenos Aires, 2007) 

Cordobesa de origen, Ruth Fernández nació en 1919 y vivió buena parte de su historia en la provincia de Tucumán. Falleció en Buenos Aires el 28 de agosto de 2007.

Poeta, cuentista y ensayista la antropología fue siempre su eje. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Tucumán  y Antropología en la Universidad de Buenos Aires.

Dijo de nuestra poeta de hoy María del Carmen Suárez: “Su obra fue estudiada casi siempre desde una mirada que remite a lo cósmico, a lo esotérico, pero creo que el punto de partida de su poesía emerge de su conocimiento de la América profunda y sus habitantes, de la realidad social de la Argentina y del paisaje que ella supo reflejar con maestría”.

A fines de los años 40 se instaló en esta ciudad, participó activamente del grupo de poesía Monoblock al Sur y también comienzan los viajes por Latinoamérica donde participó, en su condición de antropóloga, en infinidad de congresos. Fue cofundadora junto al poeta y cuentista Tibor Chaminaud de la revista literaria Mantrana 7000, en 1967. De ese año es su primer libro de poemas El credo y la sangre. En su obra poética merecen destacarse los títulos El cazador de la luna (1973), Amor sobre la piel del tiempo (1978) y Hombre de todos los soles (1990). Entre sus ensayos brilla por acierto y claridad Fijman, el poeta celestial y su obra (1986).

“El eje primordial de la cultura pasa por la palabra. Ella es sinónimo de historicidad, costumbres, proyecciones inmanentes y recurrentes del ser nacional”, dejó escrito en un breve y meritorio ensayo de sus últimos años.

 

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Marcos Silber

(Buenos Aires, 1934)

Marcos Silber nació en Buenos Aires en 1934. Decidido autodidacta, es poeta y también maestro por las suyas. Una fina y encendida paciencia es una de sus virtudes. La otra quizás sea su ferocidad envuelta en tela de pijamas.

Nuestro poeta de hoy no paró de escribir ni de enseñar en cuanto bar circunde Villa Crespo o en su departamento de la calle Lambaré, casi Corrientes. ¿O era sobre Yatay?, siempre un taller doméstico y ambulante de poesía conversada que fue, y aún es hoy, parte de su vida.

Junto a Roberto Santoro, Rafael Alberto Vásquez  y Horacio Salas, entre otros, participó del grupo poético Barrilete (1963/1975) y con el primero fundó la editorial Doble Ese.

Faja de Honor de la SADE, Premio Municipal de Poesía, Primer Premio Mérida en España, Premio Casa de la Amistad Argentino-Cubana, invitado al Festival de Poesía de Medellín (Colombia) y también al de Cajamarca (Perú) es parte de un currículo mucho más extenso. La otra parte, como pilar sosteniéndolo todo, son sus libros. Didáctico – raro en un poeta -, medular, sustancioso, profundamente humano y sin exagerar un ápice acá esta su obra. Amablemente feroz como dijimos al comienzo.

Entre 1958 y 2010, Marcos Silber publicó trece poemarios. Desde Volcán y trino (1958) a Cabeza, tronco y extremidades (2010), pasando por  los inolvidables Dopoguerra (1968), Ella (1968) o Thrillers (Historias en 16”) (2005). En todos está su sello y también su estilo, devastador sin apariencia de ello.

↓ Sus poemas…

Pantaleón Rivarola

(Buenos Aires, 1754 / Buenos Aires, 1821) 

El sacerdote Pantaleón Rivarola fue, entre otras cosas, el introductor de la filosofía en la Buenos Aires colonial. Su amplio conocimiento de las obras de René Descartes, Isaac Newton y Gottfried Leibniz, y otras doctrinas y descubrimientos científicos del momento, lo convirtieron en un  referente  insoslayable de la vida intelectual porteña de fines del siglo XVIII. En 1773 el Virrey Vértiz lo nombra Prefecto de Estudios y Catedrático de Sagradas Escrituras en el Colegio San Carlos; entre sus alumnos estuvo Juan José Castelli, futuro integrante de la Primera Junta de Gobierno después de producida la Revolución de Mayo en 1810. De aquellas clases de Rivarola quedó como testimonio el libro Metafísica, gracias a unos apuntes recopilados por su alumno José Julián Guerra. En 1788 renunció a su cátedra y consiguió por concurso el cargo de Capellán del 3er. Batallón del Regimiento de Infantería de Buenos Aires. Ejerció esta capellanía hasta 1805, cuando dimite. Al poco tiempo el destino le tenía reservado a Rivarola un singular papel: fue el poeta que cantó la gesta de la aguerrida defensa y  recuperación de Buenos Aires durante las ocupaciones que provocaron las dos Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Para narrar los hechos producidos durante la heroica resistencia de aquellos valientes y lejanos porteños, Rivarola escribió una serie de poemas épicos, usando como forma el romance octosilábico. Si bien algunos críticos han subestimado estos poemas (de hecho no figuran en muchas antologías), es innegable la capacidad de Rivarola para contar los acontecimientos desde el mismo teatro de operaciones como un avezado cronista de guerra, recopilando datos y detalles de los enfrentamientos entre las fuerzas locales y las del invasor, con un lenguaje emotivo, elocuente y vivaz: “Como furias infernales/que ha vomitado el infierno/se apoderan de la torre/de la sacristía y del templo/Profanan lo más sagrado/sin religión ni respeto”. Refiriéndose a su propia obra dijo: “mis poemas son cantables para los labradores, para los artesanos, para las mujeres, en los campos, en los talleres y hasta en las plazas públicas”, sentando, de paso, las bases para una futura poesía popular argentina. La Revolución de Mayo contó con su adhesión y contribuyó a la formación del Ejército Auxiliar Patriota. Falleció en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1821; sus restos descansan en la iglesia de San Ignacio.

↓ Sus poemas…

Daniel García Helder

(Rosario, Pcia. de Santa Fe, 1961)

Daniel García Helder tuvo, y tiene, una activa y destacada participación en la poesía argentina de los últimos 25 años como poeta, docente, crítico y gestor cultural. Tiene publicados los siguientes libros: El faro de Guereño (1990), El guadal (1994) y La vivienda del trabajador (2008). Escribió ensayos y estudios sobre escritores argentinos y latinoamericanos (Rubén Darío, César Vallejo, Juan L. Ortiz) en revistas y libros colectivos. Fue Secretario de Redacción de Diario de Poesía entre los años 1991 y 2001 y coeditor del sitio Poesía.com (1996-2006). Dirigió la Casa de la Poesía de Buenos Aires (2001-2008) y desde 2009 integra el equipo de trabajo de la Editorial Municipal de Rosario y del Festival Internacional de Poesía de Rosario. Coordina talleres de escritura y análisis crítico donde se han formado varias generaciones de poetas.

García Helder es uno de los referentes de la poética objetivista que predominó en la escena poética desde fines de la década del 80 y buena parte de la del 90 del siglo pasado. La poesía objetivista se caracteriza por un tono coloquial, irónico, distanciado y narrativo, que pone el foco en aparentes nimiedades cotidianas que cobran espesor y sentido al ser puestas en relación con otros elementos, por lo general “antipoéticos” o, al menos, con escasa tradición dentro de la poesía más tradicional. El poeta, entonces, se desliza del subjetivismo habitual hacia un objetivismo pleno que ordena las cosas del mundo en inquietantes inventarios y series, abortando toda efusión lírica o sentimental el aderezo inútil. El objetivismo tiene sus bases teóricas en el imaginismo anglosajón que se manifestó en la obra de Ezra Pound, Wallace Stevens y William Carlos Williams.

La poesía de García Helder narra geografías quebradas, recoge los pedazos de un mapa roto por el tránsito humano, mientras se acumulan hechos, personas, árboles y maquinarias que desfilan frente al ojo avizor en acuciante simultaneidad. El poema se erige entonces como un mecanismo perfecto, con palabras pulidas y exactas que avanzan agrupadas en imágenes y epifanías.

↓ Sus poemas…

Pablo Cruz Aguirre

(Puerto Belgrano, Punta Alta, 1970) 

Pablo Cruz Aguirre vivió en varios lugares del país y esta naturaleza nómade parece haber moldeado su poesía y su pensamiento porque en sus textos las palabras saltan de un lado a otro en increíbles piruetas como ejerciendo la potestad del movimiento y la imprevisibilidad. Nació en Puerto Belgrano, Punta Alta, en el sur del sur de la provincia de Buenos Aires, allí donde termina la panza, cuando empieza a ajustarse el cinturón. Después Aguirre pasó buena parte de sus primeros años en la jovial Mar del Plata para después recalar en Buenos Aires, donde estuvo largos 18 años. Desde el 2008 vive en Capilla del Monte, en la provincia de Córdoba.

Aguirre pertenece a la lost generation de la generación del 90, la que surgió inmediatamente después del influyente grupo que orbitó alrededor de la revista “18 Whiskys”. Poetas como Manuel Alemián, Guillermo Neo y Hugo Puccheta Macciavelli fueron activistas junto a nuestro invitado de hoy de revistas como “Tinta Seca” o “Mientras se corta el césped”, desprejuiciadas publicaciones que sacudieron la modorrra de una década que se mostraba sumida en un letargo consumista y descreído. “Tinta Seca difunde la poesía: la que encuentra en su camino. La que recibe de sus lectores. La nuestra. La que no se conoce. “La esperanza es deber del sentimiento”, rezaba uno de los editoriales de Tinta Seca, reflejando la intención y el proyecto de escribir poesía porque sí, sin rendirle cuentas a nadie más que a la propia necesidad pero conscientes de la libertad absoluta que este gesto implica. La poesía de Aguirre sorprende como un chasco feliz, como esos diabólicos muñecos de ojos saltones que se eyectan de una inocente caja de cartón. La realidad es un campo minado, donde el poeta pisa sin el menor cuidado como Robert Duvall surfeando en pleno fragor de una batalla en Vietnam. El poema se llena de paradojas, de contorsiones azarosas. Entre sus libros destacamos Miserere, Perro negro siempre malo y Bracanalto Aguirre también colecciona fotos encontradas en la basura. Pueden entrar a su sitio www.fotosencontradas.com No se van a arrepentir.

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Vicente Barbieri

(Alberti, Provincia de Buenos Aires, 1903/ Buenos Aires, 1956)

Junto a los poetas Castiñeira de Dios, Leon Benarós y Jorge Calvetti, entre otros, Vicente Barbieri integró la llamada Generación del 40. Nació en el partido de Alberti, provincia de Buenos Aires el 31 de agosto 1903 y murió el 10 de septiembre de 1956. A partir de 1924 y cumplido el servicio militar en Campo de Mayo, comenzó a deambular por innumerables localidades de la provincia de Buenos Aires donde realizó distintos trabajos; de peón de cuadrilla a cargador de bolsas, de tipógrafo a periodista y maestro de campo. Volvió a Alberti, puntualmente a orillas del río Salado, sobre finales del 30 y allí fundó un diario de muy corta duración.

En 1934 se instaló en Buenos Aires participando de la bohemia artística de entonces, ejerció el periodismo desde las páginas de la hoy desaparecida revista Aconcagua y también en Caras y Caretas, colaboró en los suplementos literarios de Crítica y La Nación y fue siempre un carismático conversador.

Entre 1955 y 1956 asumió la dirección de la revista El Hogar y la presidencia de la Sociedad Argentina de Escritores. En un reportaje realizado en 1995, María Helena Walsh hizo una breve alusión a nuestro poeta de hoy: “El que nos empollaba a todos era Vicente Barbieri, su charla fue nuestro taller literario”.  Fábula del Corazón, editado en 1939, es su primer libro de poemas, dando comienzo de esta manera a una obra que representó, a juicio de la crítica, la más acabada síntesis poética de la generación del 40. Su estilo neorromántico y elegíaco alcanzó en su poema “Balada para el Río Salado”, del libro Corazón del oeste (1941), uno de sus mejores momentos. Toda su obra es un análisis descarnado del dolor humano y sus reverberancias en el espíritu, ceñido a severos moldes formales y a una disposición perfeccionista. Si viviese ahora, sin dudar lo calificaríamos como un poeta “dark”.

Después de padecer una larga enfermedad de origen pulmonar, falleció a los 53 años en esta capital y sus restos descansan en el cementerio de Alberti.  En la lápida de su tumba están grabados los primeros versos de la Balada del Río Salado: “Era en la infancia, en juncos y rocíos, / Cuando lo vi  pasar, arrodillado./ Mojaba soles y castillos fríos/en relatos de tiempo lloviznado./¡Ay!, ya sé que mi jugo enamorado/fue de tiempo mejor, tiempo de ríos.” ↓ Sus poemas…

Baldomero Fernández Moreno

(Bs. As., 1886 / Bs. As., 1950) 

Por determinadas circunstancias, el nombre de Baldomero Fernández Moreno quedó para siempre asociado a uno solo de los muchos poemas que escribió. Aquel magnífico poema se titulaba “Setenta balcones y ninguna flor” (publicado en su libro Ciudad, de 1917) y sus cantarinos versos seguramente usted lector los habrá recitado “de memoria” en alguna clase de castellano o literatura. Pero cabe aclarar que a la obra de Fernández Moreno no se la puede limitar a ese texto, por más que los setenta balcones sigan despertando, aun hoy, curiosidad acerca de su exacta ubicación; la gran mayoría se inclina a ubicar los balcones baldomerianos en unos de los edificios de la esquina de Corrientes y Pueyrredón, pero uno de los hijos poetas de Baldomero, Manrique, afirmó alguna vez que el lugar que inspiró a su padre era una zona cercana a Retiro, en lo que antes se conocía como “Paseo de Julio”, hoy Leandro N. Alem.  Anécdotas aparte, en este poema del que hablamos y en buena parte de su producción, Baldomero pone el ojo (y el alma) en rincones y ángulos imprevistos de la ciudad de Buenos Aires, volcando en el container de su poesía fragmentos, fotogramas, restos del naufragio cotidiano de una urbe que se empieza a desarmar al atardecer, prolonga su agonía en la interminable noche y al alba se vuelve a mostrar entera para empezar todo de nuevo. De todos estos estados, Baldomero escribe “pastillitas”, casi haikús que reflejan con rara exactitud la esencia de la porteñidad. “Tardes de Buenos Aires,/tardes porteñas,/en que rezuman agua,/madera y piedra./¡Ay, qué delicia,/que llovizna parece/y no llovizna!, dice en un poema apelando sin pudores a una ternura que derrama sobre la ciudad amada como un manto de amor, dando la mágica sensación de que todo es poetizable hasta un canillita muerto (“Oigo tu voz vibrante y persistente/como una monótona pedrada/contra la espalda oscura de la gente.”) o los relojes (“Los relojes detenidos son los féretros del tiempo”).

Hijo de españoles Baldomero nació en Buenos Aires en 1886 pero sus padres luego se radicaron en España. Baldomero vivió en Santander, desde los seis a los trece años. De regreso a su país en 1899, se recibió de médico en 1912, ejerciendo en su profesión en zonas rurales. Regresa definitivamente a Buenos Aires en 1924, abandonando la medicina y comenzando una carrera en la docencia literaria. En 1919 se había casado con Dalmira López Osorio, alias “Negrita” que inspirara su poesía de índole amorosa en libros como Versos de Negrita (1920).

Contemporáneo de Leopoldo Lugones, Enrique Banchs y Evaristo Carriego, comenzó a editar su obra en medio de los efluvios todavía vigentes del modernismo dariano, pero su trayectoria confirma que siempre supo desmarcarse de las tendencias, como todo buen poeta, afirmando una poética personal e intransferible que algunos llamaron “sencillista”; su hijo Manrique siempre disintió con esta calificación: “Mi padre no era “sencillista”, mi padre hacía “complejismo”, porque ¿qué otra cosa más compleja hay que la vida cotidiana?

Borges también definió a su manera la obra de Baldomero: “Fernández Moreno había ejecutado un acto que siempre es asombroso y que en 1915 era insólito. Un acto que con todo rigor etimológico podemos calificar de revolucionario. Lo diré sin más dilaciones: Fernández Moreno había mirado a su alrededor”.

Nuestro invitado de hoy recibió el Premio Nacional de Poesía en 1937.

Falleció en Buenos Aires un 7 de julio de 1950, pero ahora mismo anda por ahí, quizás cruzando Avenida de Mayo a la altura de Perú, buscando un verso que se le escapa entre la gente.

↓ Sus poemas…

Alfredo Veiravé

(Gualeguay, Pcia. de Entre Ríos, 1928 / Resistencia, Pcia. del Chaco, 1991)

Alfredo Veiravé repartió su vida entre las provincias de Entre Ríos y del Chaco. Poeta, ensayista y destacado crítico literario, también se dedicó a la docencia, dictando diversas cátedras en la Universidad Nacional del Noreste; escribió libros didácticos sobre Literatura Hispanoamericana y Argentina y sobre Lengua y Literatura para niveles medios de enseñanza. Obtuvo numerosos premios y distinciones académicas como la Faja de Honor de la SADE (1955), el Premio del Fondo Nacional de las Artes (1960 y 1963) y el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (1982). Fue designado como Académico de número, con residencia en el Chaco, por la Academia Argentina de Letras.

Entre sus libros se destacan Puntos luminosos (1970), La máquina del mundo (1976) y Laboratorio central (1990).

La poesía de Veiravé muestra una asunción plena de los recursos experimentados por las vanguardias poéticas latinoamericanas en el devenir del siglo XX. Poetas del continente americano como el nicaragüense Ernesto Cardenal o los chilenos Nicanor Parra y Enrique Lihn, fueron contemporáneos de Veiravé y compartieron similares aventuras estéticas, rompiendo moldes de la poesía tradicional y obligando a una profunda redefinición de un género que empezaba a mostrar marcados síntomas de anquilosamiento. Apelando a la dinámica de la lengua oral, integrando discursos sociales de procedencia diversa y librado a una delirante capacidad asociativa, fogoneada por una cultura amplísima, que convierte al poema en una máquina feroz e impredecible, Veiravé sigue sorprendiendo en pleno siglo XXI por una poesía ágil como un atleta y flexible como los juncos litoraleños que lo vieron crecer.

Falleció en Resistencia, Chaco, el 22 de noviembre de 1991. ↓ Sus poemas…

Miguel Brascó

(Santa Fe, 1926).

Hijo de Rosa Barreiro Barceló y Jaime Brascó Fort, Miguel Agustín Brascó nació en la localidad de Sastre, provincia de Santa Fe en 1926 y se crió en la Patagonia. A los doce años llegó a Buenos Aires y ese fue, con idas y venidas, su centro para siempre.

En sendas entrevistas realizadas  por Liliana Morelli y Mónica Albirzú, así se presentaba y bien definía nuestro poeta de hoy: “Yo estudié dibujo con José Planas Casas, tío de Battle Planas, él me dijo: …Llegas a la casa de la creación y está llena de habitaciones con sus puertas y sus ventanas cerradas. Nunca entres ni te quedes en ninguna de ellas. ¡Destraba todas las puertas, abre todas las ventanas! ¡Deja que la creación circule libremente de una en otra, de otra en una!” Mi estilo de escribir, de dibujar, de componer, de comunicarme, surge dichosa y absolutamente de esa en apariencia simple pero complejamente sabia indicación de Planas Casas. Si vas a escribir sobre Mariano Moreno, nunca empieces diciendo que era un abogado de la Hacienda Pública. Empezá hablando de los tucanes en el Congo.”, y parece que así nomás fueron los hechos.

Poeta papilar, biógrafo de vinos, antólogo de la sonrisa, dibujante de leyes, periodista de la sensación, traductor del deseo, sibarita, bon vivant… Brascó confundió, y confunde aún, deliberadamente forma y contenido y gozó e hizo gozar en todo lo que anduvo y en todo lo que hizo. Sensible personaje de sí mismo, destrabó prejuicios y abrió puertas y ventanas a la expresión más clásica con la vista siempre clavada en el futuro. Pruebas al canto es la edición de su Antología Universal de la Poesía (Editorial Castellví/Santa Fe. 1952) que consiguió la categoría de incunable. Entre las letras que escribió se destacan dos temas, “Combate de la Vuelta de Obligado”, con música de Alberto Merlo y “Santafecino de veras”, que, con música de Ariel Ramírez, inmortalizó el cantor Jorge Cafrune. Su poesía de versos largos es un gran prisma donde lo real exhibe sus amenazas y permanece al acecho.

Como poeta publicó Raíz desnuda (1945), Tránsito de soledad (1947), Otros poemas e Irene (1953), Tribulaciones del amor (1961), La máquina del mundo (1964) y El buey solo (1985).

Vive en Buenos Aires. ↓ Sus poemas…

Nicolás Olivari

(Buenos Aires, 1900/Buenos Aires, 1966)

Nicolás Olivari o Diego Arzeno, tal como figura en su partida de nacimiento, nació en Buenos Aires en 1900 y corrigió la puntería de buena parte de nuestra poesía. La crema de la crema de toda su obra (poeta, novelista, dramaturgo, letrista, traductor, guionista y periodista) son sus versos.

Confesó: “Yo me limito a lo que sé: Buenos Aires. No conozco el campo y no lo entiendo y me moriría de aburrimiento en una provincia“. Los vecinos de Parque Centenario fueron testigos de esa mezcla de dandy arrabalero que paseó por allí su presencia y su dignidad de saber quién era: un poetazo de todos los barrios.

Musas y malas patas fueron sus mejores excusas para mantenerse alejado de las dos veredas artísticas y antagónicas de entonces, Florida y Boedo. Irreverente y sociable no dejó íes sin ponerles los puntos y se quedó en medio de la calle; allí brilló con  elegancia de boca-sucia y soltura de mal hablado.

En aquellos años locos, una vez lo echaron de una pieza en La Boca y cuando se estaba por mudar a un inquilinato de la calle Brasil, el encargado le pregunta si no tiene niños, animales o aparatos que metan ruido y Olivari le responde: “no, nada de eso. Únicamente tengo una lapicera que rasca un poquito…”

Heredero de algún modo del Vizconde de Lascano Tegui  y contemporáneo de Leopoldo Marechal, Francisco Luís Bernárdez, Enrique Cadícamo, los hermanos González Tuñón y otras plumas del Buenos Aires de las vacas gordas, dejó una obra como adoquín en el alma porteña. Con su viola destemplada supo cantar las llagas de la gran ciudad, punk, exaltado y fatal, pero con un cariño enorme hacia sus vecinos, las putas y los reventados sobre todo. Publicó: La amada infiel (1924), La musa de la mala pata (1926), El gato escaldado (1929), Diez poemas sin poesía (1938), Los poemas rezagados (1946) y Pas de Quatre (1964). El tango “La Violeta”, que compuso junto con Cátulo Castillo, fue llevado al disco por Carlos Gardel en 1930.

“Al literato de salón opusimos el poeta joven, hambriento y desesperado, pero ladrando su verdad con hidrofobia de verdad”, dijo en el prólogo de El gato escaldado sin pelos en la lengua y con la boca llena de poesía.

Falleció en Buenos Aires en 1966. ↓ Sus poemas…

Jaime Dávalos

(San Lorenzo, Pcia. de Salta, 1921 / Bs. As., 1981)

Jaime Dávalos es poeta y músico y, sobre todo, un cantor popular. La dupla compositiva que formó junto a Eduardo Falú representa un aporte esencial al cancionero popular argentino. “Tonada del viejo amor”, “Canción del jangadero” o “Las golondrinas”, son ejemplos de aquella colosal sociedad creativa. “Estábamos acostumbrados a esas letritas pintorescas del folklore, que no decían nada. Jaime empezó a decir otras cosas y a usar figuras muy nuevas, que impactaron en la gente, y me impactaron a mí”, recuerda Falú.

Nuestro invitado de hoy es uno de los hijos del legendario escritor salteño Juan Carlos Dávalos A la tradición poética natal y familiar le adosó una imaginería desatada que supo marcar una divisoria de aguas en la canción folklórica nacional. Sus metáforas se arrojan a un río caudaloso, caminan por selvas y bosques, intiman con el mineral andino, acarician el lomo de los explotados de la tierra y también se dan tiempo para glorificar el amor puro y carnal que estalla imprevistamente: “se abrió tu boca en el beso/como un damasco lleno de miel”, decía uno de sus versos más celebrados. Viajero incansable, recorrió su país y el continente americano, repartiendo su arte e investigando el acervo cultural latinoamericano: “Desde México a nuestra Argentina, la copla bajó por sobre el geológico espinazo cordillerano del continente atando lenguas y corazones, fijando un alma y un idioma comunes, poniéndole palabras a nuestros desmesurados silencios planetarios, donde el hombre americano, síntesis de todas las razas, convive con su madre tierra, ama y trabaja atado a un solo destino: la unión definitiva de América”, comentó alguna vez Dávalos sobre su vocación americanista. Dávalos perteneció a una raza hoy en franca extinción: la de los desmesurados, la de los creyentes, la de aquellos que lo que dicen con el pico, lo sostienen con el cuero.

Entre sus libros se destacan El nombrador (1957), Coplas y canciones (1959) y Solalto (1960). ↓ Sus poemas…

Estela Figueroa

(Santa Fe, Pcia. de Santa Fe, 1946)

Estela Figueroa nació el 12 de agosto de 1946 en la ciudad de Santa Fe, donde sigue residiendo. Dirige la revista La Ventana desde 2001, editada por la Dirección de Cultura de la Universidad Nacional del Litoral. Ha coordinado talleres literarios como el de la cárcel de menores de Las Flores (Santa Fe), donde armó el proyecto Sin alas, con textos de los internos. Colabora en el diario El Litoral, de Santa Fe. Compiló Un libro sobre Bioy Casares (2006), colección de ensayos sobre la obra del escritor porteño. Tiene publicados tres poemarios: Máscaras sueltas (1985), A capella (1991) y La forastera (2007). Máscaras sueltas fue traducido a italiano en 2007, bajo el título Maschere mobile.

La voz de Estela Figueroa no tiene medias tintas, con un solo golpe es capaz de noquear al más pintado, va al grano, al núcleo del asunto con celeridad de liebre y agudeza de búho, animalizada y carnal, humana e intransigente. Pantera de tintas negras, no acusa falsos pudores y se yergue ante el mundo, desafiante y con la boca cargada de verdades. La poesía de nuestra invitada de hoy es un trago fuerte, de esos que se toman en la barra y de parado. “Nunca supe qué me quieren decir los ojos de un hombre/cuando me dice que me quiere./Pero conozco muy bien la mirada de mi perro.”, dice en el poema “El nunca”. Descarnadamente hace de su piel una bandera de guerra y enfrenta al único enemigo real, la muerte, con irónicas filípicas: “Esa ciudad por la que vagué/fue moldeada/con grandes emociones/con grandes deseos./Así también de grande/es su cementerio.” Segura del rumbo, con manos firmes en el timón, Estela Figueroa nos recuerda que la poesía es un revólver ardiente, un aullido prolongado en la noche desierta, un canto rajado como un espejo abandonado en medio de la calle. ↓ Sus poemas…

Francisco Madariaga

(Corrientes, 1927/ Buenos Aires, 2000)

Hombre del estero correntino, hijo de su pampa de agua y su vastedad botánica y zoológica; Madariaga es sin duda una de las plumas más relevantes de la poesía argentina. Nació el 9 de septiembre de 1927 en Paraje Estancia Caimán, en el Departamento de Concepción de esa provincia y allí fue su infancia y donde parece que comenzó todo. Muchacho de a caballo y canoa hasta los quince años, hábil conversador en guaraní y lleno el corazón de palabras como ríos, bajó a Buenos Aires a constatar tanto asombro. Jamás volvió a vivir en Corrientes por tiempos prolongados y también jamás abandonó su memoria fogosa y provinciana; allí quizás esté el quid de toda su poesía.

En Buenos Aires conoció al poeta Alfredo Martínez Howard (1909/1968) y a partir de éste la selva porteña y poética se le fue abriendo. Aldo Pellegrini, Olga Orozco, Enrique Molina, Edgar Bayley y hasta el mismísimo Oliverio Girondo formaron parte de su vida.

Parco y fastuoso, Francisco (Coco) Madariaga construyó una obra ilimitada –entre 1954 y 1998 editó una veintena de libros, dejando de lado las antologías en las que participó–  y muy difícil de etiquetar; más bien fue un ortodoxo de su propia memoria y de su propio estilo. “Una luz alta que encandila en medio de la ruta…” tal como lo definió el poeta Rodolfo Edwards. La potencia de sus imágenes alcanzó decibeles inauditos en la poesía argentina y ese canto enmarañado aún retumba en la extensión, saltando jolgoriosamente el horizonte, con resortes de oro puro. Entre sus libros se destacan El delito natal (1963), El asaltante veraniego (1968) y Resplandor de mis bárbaras (1985). Obtuvo importantes distinciones como el Premio Municipal de Poesia en 1991 y el Primer Premio Nacional por la producción 1996/1999.

Vivió algún tiempo en las casitas del ex barrio ferroviario del Sarmiento, cerca de la estación Flores, trabajó por tiempos de sereno en el INTA y falleció en Buenos Aires a los 73 años. ↓ Sus poemas…

Jorge Fondebrider

(Buenos Aires, 1956)

Jorge Fondebrider es poeta, traductor, periodista cultural. Entre 1986 y 1992 fue secretario de redacción de Diario de Poesía e integró su consejo de dirección durante los diez primeros años de la prestigiosa publicación. Entre 2002 y 2006 coordinó el área de eventos y publicaciones del Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA. Entre sus innumerables trabajos cabe destacar la edición y prólogos de las obras completas de Joaquín Gianuzzi y César Fernández Moreno y la publicación de las antologías de poesía argentina Una antología de la poesía argentina (1970 – 2008) (2008) y Otro río que pasa. Poesía Argentina 1910 – 2010 (2010).

“No usar la palabra en vano” parece decir el credo laico de nuestro invitado de hoy. Cada uno de sus poemas tiene una equilibrada organización íntima que siempre lleva a resultados felices: nada sobra y nada falta, le mot juste que preconizaba Flaubert. Adjetivación precisa, fraseo largo, de respiración amplia, necesaria para enunciar asuntos trascendentes, pero sin caer en ninguna clase de solemnidad: el tono proviene de una conversación de sobremesa subida a pausadas cadencias. Desarrollando conceptos claros y contundentes, la elocuencia alumbra el hacer poético, las palabras elegidas demuestran su paciente sazonado, van al meollo del asunto e interpelan al lector, lo comprometen, alejándolo de una lectura complaciente. En el rumiar de la experiencia se acumulan hechos de una vida que interactúan en el espacio del poema y se convierten en claves para intentar una comprensión del mundo contemporáneo. Tiene publicados cuatro libros de poesía: Elegías (1983), Imperio de la luna (1987), Standards (1993) y Los últimos tres años (2006).

“La poesía tiene muchas cosas para decir todavía”, cree Fondebrider y “Nuestros poetas” también. ↓ Sus poemas…

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